viernes, 28 de marzo de 2008

La decantación del lector

Antes que “estilo” la palabra justa par aludir a “EL rojo y el negro” es “carácter”. Este libro existe por la autenticidad del carácter de Henry Beyle, Stendhal, condición previa y obligada de un novelar generoso y sincero, de una intuición especular y profética que le permite captar una época especial, en la medida en que se refleja en el alma de la gente y de las castas y círculos sociales.
En los verdes años era, para mí, imposible imaginar que un texto cumbre de la novela pueda verse a la luz de un carácter moral superior. En aquellos años en que los Beatles ponían aquellas melodías imprecisas y de sencilla arquitectura como música de fondo, el caracter en general se considerada un vestigio de épocas superadas. Muchos escritores y artistas se esforzaban por ser superficiales (en Colombia lo lograban sin esfuerzo).
El no-carácter es un estado moral neutro en que se refugia el alma que tarda en formarse. Esconde la pretensión de que los hechos se pueden ignorar y es el padre de muchos vicios, entre los cuales no son los menos los pecados de escribir nimiedades y leer portentosos bodrios. Es una adaptación de la personalidad en virtud de la cual se ignoran los hechos que contrarían nuestras ilusiones (nadie puede decir que no ha hablado de ilusos e ilusiones). Para que el mundo pierda carácter un ejército de tontos vive sacando de él cosas como el pecado, los vicios, y, especialmente el alma. En un mundo sin esas cosa es después muy fácil decir que Horacio es aburrido ( y Stendhal es horaciano por su enciclópedico saber de pasiones y movimientos del alma).
De modo que antaño con mi Cien Años de Soledad de testigo yo consideraba que tratar con cualquier clásico era poco menos que humillarme.

Fue presupuesto implícito de la promoción de la literatura latinoamericana en los años sesenta y setenta la tesis de que aquellos libros y autores eran la oleada más reciente de un proceso de superación de la literatura moderna. Los Fuentes, los Gabos y los Vargas Llosas accedían a una riqueza de percepción y de creación mucho más compleja y rica que la que consiguieron dos siglos de desarrollo del arte de la novela desde Fielding y Sterne hasta Proust y Henry James.
El relato con sus contornos de asalto titánico del Cielo caía bien en nuestros paladares cándidos. Era un motivo a la medida del carácter chato de la época, que tanto se figuró que estaba rehaciendo el mundo para corregir todas las erratas históricamente acumuladas.
El “boom” fue un brillante mecanismo de marketing (no me extrañaría que lo debamos a un anónimo personaje más que a figuras como Fernando Porrúa y Carmen Balcells). Su efecto se basó en las necesidades del arribismo cultural de los años sesenta. Era imperioso posar de culto, y con "el boom" manejar dos o tres textos te confería el título. Recordemos verdaderos especialistas en Rayuela que surgieron en los salones y que explicaban a los más lerdos los aparentes enigmas de un libro que no ofrecía mayores problemas siempre que el lector tuviera noticias rudimentarias de la emergencia histórica de la novela. El asunto de la exégesis hubiera sido superfluo en lectores menos vírgenes.
Fui uno de esos lectores vírgenes para quien era insoportable la presión en las profundidades novelísticas de Madame Bovary o La Cartuja de Parma. Lo que nos ofuscaba en Rayuela era una trama que comprometía, que nos planteaba abandonar las certezas infantiles de la anécdota. Para aquellos lectores triviales que encontraron laberíntica a Rayuela, estaba la coartada de Cien Años de Soledad, anti-novela, summa experimental de un cuentista de poderosa intuición, pero no más que eso...

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