El secreto de los grandes novelistas es bien simple. Renunciar a toda clase de figuras superfluas y comenzar -preferiblemente en tercera persona-a hablar de un Fulano de Tal. Luego de tres oraciones en que nos reportan que ese ser ficticio pensó algo, se rascó la nariz y optó por hacer algo un poco a contrapelo de la sabiduría convencional, los lectores, por la magia de la reiteración, comenzamos a creer. A suspender nuestro escepticismo; sólo porque el novelista se ha limitado, con disciplina de soldado, a reiterar en varias oraciones ese Sujeto que no tarda en convertirse en un pariente o amigo del lector de novelas.
En No me esperen en abril, aunque se exprese en el más divertido de los dialectos limeños y parodie los modismos abundantes de ese peculiar idioma y todo lo mezcle con otras parodias y lo permee de su absurda pasión por el ghetto de la casta racial que impera en Lima, mojada en la salsa de su racismo, Alfredo Bryce Echenique, con el viejo truco de reiterar el mismo Sujeto en una decena de oraciones sucesivas, talla un héroe sublime: Manongo Sterne (este apellido acaso sea un homenaje al genial novelista inglés Lawrence Sterne).
sábado, 8 de marzo de 2008
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1 comentario:
Me niego a creerlo, aunque solo sea por llevar la contraria, por entrar en debate, por optar por las musas.
¡Ja! que inocente se ha escuchado eso...
Un placer leerte, un saludo.
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